REPARTO: Seo Yeong-hee, Hwang Min-ho, Min Je, Lee Ji-eun-i, Park Jeong-hak, Ji Sung-won.-
MÚSICA: .-
GÉNERO: Terror, thriller, drama.-
AÑO: 2010.-
PRODUCTORA: Park Kuy-young.-
DURACIÓN: 115 min.-
TÍTULO ORIGINAL: “Kimboknam Salinsa-eui Jeonmal”.-
PAÍS: Corea del Sur.-
“Bedevilled”(Kimboknam Salinsa-eui Jeonmal, 2010) es un juicioso y sangriento slasher multigénero, dirigido por el debutante Jang Cheol Soo y basado en lo más mórbido y sombrío que puede inspirar el amor. Es una cinta incómoda, desagradable y cáustica, caracterizada por una bella y sombría realización y un complejo e iracundo guión. He pasado un par de horas en tensión con esta historia de venganzas consumadas, terror a la luz del sol y adustos personajes.
Fue presentada en el festival de Cannes de 2010, donde recibió excelentes críticas. Recibió el Premio del Público en el Festival de cine Fantástico de Austin y compitió en la sección oficial de largometrajes en el festival de Sitges.
Cuenta como Hae-Won, una joven cosmopolita de Seúl, viaja a la pequeña isla donde viven sus abuelos, en parte huyendo del miedo que le ha provocado ser testigo de un intento de asesinato y en parte respondiendo a la llamada de una antigua amiga de la infancia.
El director consigue una cinta sorprendente a base de crear tensión psicológica desde todos los puntos de vista posibles. Utiliza un ambiente rural lleno de prejuicios, violencia, miedo y aislamiento, un grupo pequeño de personajes ajenos por completo al estilo habitual de un slasher, que aparte le aportan originalidad, y que sirven para presentar las actitudes más machistas y conservadoras que se puedan imaginar, un espacio opresivo como es una pequeña isla, de la que únicamente es posible salir en un barco fletado una vez por semana y todo ocurre en apenas unos días. La sensación de claustrofobia es constante y nos tortura y atosiga durante todo el metraje.
No juega nunca al susto fácil, no utiliza el clásico golpe musical para crear los pertinentes sustos. El terror se siente en el ambiente, en la propia narración y en el guión y tiene la virtud de moverse con soltura de un género a otro, mezclando con inteligencia el terror y el drama. Esta es su mayor virtud, el haber sabido crear un convincente drama dentro de un slasher de lo más macabro. Personalmente creo que el drama se fusiona con el terror de una forma más natural que la comedia y si bien, la comedia de terror ha sido explotada hasta la saciedad, creo que la idea genérica de realizar buenos dramas dentro del contexto de una historia de terror, aún tiene muchos lugares por explorar. Como drama emociona y entristece y como slasher, produce dolor de estómago, lo que se convierte en una delicia, para los que amamos este género.
El trabajo de Soo como ayudante de dirección del avezado y siempre extraño Kim Ki-Duk, queda patente en ese tono dramático de la cinta, participando de ese simbolismo y ese dramatismo, valga la redundancia, tan trágico, de ritmo lento pero sobrecogedoramente constante.
La fotografía de Kim Gi-Tae, es interesante por muchas razones, para empezar trabaja en clave alta y todo en cuanto a la luz es lo contrario a lo que debería ser, siempre es de día, luce el sol y no juega nunca con sombras, todo es claridad. Esto le aporta dramatismo a su lado más slasher y credibilidad a su lado más dramático. Deja bellos planos del mar o la luna que crean tensión mediante un buen montaje, que adquiere su mayor expresión en la yuxtaposición del plano de una mujer y la isla. La cámara en mano no hace más que intensificar esa intención de crear tensión. Utiliza, sobre todo en las escenas más violentas, planos a contraluz, que marcan el estilo de la cinta en cuanto a su fotografía, jugando con tonos blancos y negros, creando así planos muy potentes narrativamente y profundamente desagradables y salvajes. Creo que Kim Gi-Tae, se presenta como un excelente director de fotografía.
Multitud de detalles le otorgan una riqueza no habitual en el género, con una flauta y una canción crea un hilo conductor entre los dos personajes principales muy bello. La música apoya las escenas, pero sobre todo tiene el valor de ser contraposición a la historia por su dulzura, belleza y esperanza.
Una interesante vuelta de tuerca al terror asiático, altamente recomendable y disfrutable, que en cuanto a calidad artística y narrativa se presenta por encima de la media del cine actual del género. Su título americano resume perfectamente lo que encontraremos al abrir la puerta de “Bedevilled”, una isla repleta, de macabros y abundantes problemas.
GUIÓN: Sandro Petraglia, Ludovica Rampoldi, sobre novela de Karin Fossum.-
FOTOGRAFÍA: Ramiro Civita(C).-
REPARTO: Toni Servillo, Denis Fasolo, Nello Mascia, Fausto Maria Sciarappa, Marco Baliani, Giulia Michelini, Franco Ravera, Sara D’Amario, Heidi Caldart, Fabrizio Gifuni.-
MÚSICA: Teho Teardo.-
GÉNERO: Thriller.-
AÑO: 2007.-
PRODUCTORA: Indigo Film, Medusa Film.-
DURACIÓN: 95 min.-
TÍTULO ORIGINAL: “La Ragazza del Lago”.-
PAÍS: Italia.-
Como buen amante de ese crímen perfecto del que con avidez hablaba Hitchcock, fuí entusiasmado al cine a disfrutar del primer largometraje de Andrea Molaioli, un thriller de intriga que rodara allá por 2007, en un idílico pueblo de la cordillera de los Dolomitas. Estrenándose en Madrid, el 22 de Abril de 2011, casi cuatro años después de su estreno en Italia.
Basado en la novela homónima de Karin Fossum, que traía el premio a la mejor novela policiaca escandinava bajo el brazo, me encontré con una cinta de un prodigioso gusto clásico, aroma a cine negro europeo y pulcritud y compromiso con un cine de calidad, que rezuma academicismo, aunque como contrariedad se sienta escasa en cuanto a sentimiento, a corazón. Y este sea quizá el peaje, que pague el director, en un gran debut.
Como toda buena película, basa la trama en una idea simple, clara y concisa. La aparición del cadaver de una bella joven, a la orilla de un idílico lago, es su trágico punto de partida. A partir de ahí, Molaioli comienza a jugar a ese maravilloso solaz de hacer desfilar posibles culpables, que se enfrentan a un Comisario de Policía con malas “pulgas”, interpretado por un Toni Servillo, (Gomorra, Il Divo) que no termina de convencerme, por mostrarse forzado tanto en el plano sentimental como en el de duro policía, pero que mantiene su artesanía interpretativa y su rostro imperturbable.
La cinta pide a gritos una inevitable comparación con el cine de Chabrol, que se presenta como su primordial influencia e influjo. Evidentemente sale perdiendo, pero acepta con orgullo y dignidad tan arduo reto. Se muestra excesivamente tibia, le falta la dureza necesaria para contar un relato desagradable y enfermizo de por sí, en ese marco tétrico y realista del cine del francés, pero Molaioli escapa a tan crudos lamentos, con un sentido del ritmo “in crescendo” que me invita a compararlo con un vals, por su sofisticada y bella gracia para medir el tempo narrativo, en un refinado trabajo de montaje. Sus preciosos encuadres sobre planos generales de este bello paisaje del norte de Italia se advierten que “ni pintados”, para el baile de la cámara, como un clásico narrador omnisciente. Esto es lo más valioso de la película, la capacidad del director de poner en imágenes todo ese rebosante clasicismo, del que es buen conocedor.
La composición fotográfica es rotundamente original y el uso de los espacios, la situación de la cámara, y su movimiento, le aportan la amplitud artística de la que carecen los personajes en un guión que no termina de funcionar. Y no termina de funcionar porque intenta justificar la parte más dramática de la historia con una enfermedad o una inestable relación paterno-filial, pretendiendo así crear el drama de la forma, quizá, más fácil. Tengo la opinión de que es infinitamente más fácil, apelar a la sensibilidad del espectador con un drama sobre el holocausto, que con un thriller intimista como es el caso, hecho que me lleva a la conclusión de que el cine de género está injusta y profundamente minusvalorado.
La trama principal está rodeada, en un acierto pleno de guión, de subtramas destinadas con virtud, a una necesaria confusión, pero no termina de profundizar en los personajes, alejándose más de lo esperado del cine clásico al que apela constantemente. El mejor ejemplo de ello, es la introducción de una bella y tétrica leyenda constatada en el personaje de una niña.
La música de piano de Theo Teardo, es del todo poco apropiada, por no generar tensión y estar en consonancia con el paisaje, más que con la historia. Es una pena que no esté mejor ambientada desde el ámbito sonoro.
Una película con aroma clásico y una dirección preciosista que bien podría haber llegado a ser un gran largometraje, pero no termina de serlo, a pesar de atreverse a remodelar las reglas de su género, el thriller.
GUIÓN: A.I. Bezzerides sobre novela de Gerald Butler.-
FOTOGRAFÍA: George E. Diskant (ByN).-
REPARTO: Ida Lupino, Robert Ryan, Ward Bond, Charles Kemper, Anthony Ross, Ed Begley, Ian Wolfe, Sumner Williams, Gus Schilling, Frank Ferguson, Cleo Moore, Olive Carey, Richard Irving, Patricia Prest.-
MÚSICA: Bernard Herrmann.-
GÉNERO: Cine Negro, Melodrama.-
AÑO: 1951.-
PRODUCTORA: RKO Radio Pictures.-
DURACIÓN: 82 min.-
TÍTULO ORIGINAL: “On Dangerous Ground”.-
PAÍS: U.S.A.-
“La casa en la sombra” no es una obra maestra, pero sí una gran película que mantiene cierto anonimato, a pesar de pertenecer a uno de los grandes del cine clásico americano. No termina de estar a la altura de las grandes de la época, pero carga con numerosas virtudes relacionadas con la infinita capacidad cinematográfica de Nicholas Ray. Podría considerarla una rareza dentro del fastuoso y desesperanzado negro de los 50. No es tan buena como “En un lugar solitario”, (In a lonely place, 1950) aunque no sería prudente compararlas, por buscar fines distintos. La banda sonora de Herrmann y la absoluta libertad a la hora de dirigir de Ray son inolvidables y hacen de este largometraje una de esas joyas poco conocidas. Me parece de una audacia considerable, como se mueve el director entre el clasicismo más puro y la modernidad más underground. Esta cinta es un mosaico que pone en relieve las más distintas metas del cine, hecho que sitúa a Nicholas Ray en el lugar de un auténtico precursor.
Todas las peculiaridades de los míticos personajes del género, las encarna a la perfección un evocador y siniestro Robert Ryan, en su papel de policía violento que vive hastiado de contemplar en las calles de una oscura y lluviosa ciudad, los rastreros caminos del crimen. Su carácter torvo, huraño y salvaje le lleva a investigar un caso de asesinato alejado de la ciudad, con la intención de su jefe, de que no acabe expulsado de la policía. Allí conocerá a Mary Malden, que se convertirá en el detonante para que el director se sumerja en un sensible y exuberante melodrama, sobre la soledad humana en un mundo taciturno y decadente.
Lo realmente original del largometraje es esa inusitada fusión de géneros, que une el negro con el melodrama, hecho que pocas veces se constató en la época dorada de los 40 y 50. Otro gran ejemplo podría ser “Alma en suplicio” (Mildred Pierce, 1945), con una espectacular Joan Crawford, dirigida por un Michael Curtiz que tres años antes paseara por Casablanca. No es de extrañar que Nicholas Ray haya sido admirado e imitado por los más grandes del cine independiente, entre los que destaca, pese a quien pese, un tal Wim Wenders y que acabaran colaborando en una extraña película llamada “Relámpago sobre agua”, (“Lighting over water”, 1980). Lleva el expresionismo a la narrativa y al paisaje, aparte de a la iluminación y la fotografía.
Ray es verdaderamente intrépido y poéticamente irresponsable a la hora de bailar entre los límites que el mainstream sitúa entre los géneros. Es dado a ir de aquí para allá, abandonando la pureza formal por una pureza individual de estilo, de su propio estilo. En este sentido tiene muchas cosas en común con el propio Orson Welles y ese hecho me parece uno de los más admirables, a la hora de opinar sobre un director de cine, o de un artista de la disciplina que se trate. Sus personajes disfuncionales, alejados de cualquier moralidad y de cualquier cercanía a lo políticamente correcto, me atraen especialmente en ese juego dramático en el que en una moralidad moderna, ninguno de sus comportamientos estarían justificados. Moradores de la más incondicional soledad y lontananza. La historia representa la esperanza de escapar de un mundo perdido en la más absoluta desesperación. Un juego de moral, donde una vez más no existen buenos y malos sino personajes supervivientes de un viaje sin rumbo y sin destino.
El estilo de la fotografía es sucio, en contraposición a la mayoría de sus películas que se caracterizaban sobre todo por la sensibilidad tanto narrativa como formal. Aquí es más agresiva y más cercana al expresionismo. Se presenta técnicamente exuberante gracias en parte al trabajo de George E. Diskant. Grandes sombras reflejadas en la pared, reflejos de esos personajes solitarios y situados en la inmoralidad por circunstancias ajenas a ellos, sus planos picados y contra-picados de la escuela más wellesiana o el uso de planos como los ojos de los personajes, creando una subjetividad rompedora son parte de sus características, pero hay muchas más. La cámara rápida en las escenas de acción consigue un frenetismo artesanal y en parte visionario para su época. El trato deliciosamente moderno de los efectos especiales, sus primeros planos sobre el rostro de los protagonistas, con la mitad del rostro iluminado, la otra mitad a contraluz la convierte en paradigmática y representativa del género en todas sus características plásticas, técnicas y narrativas. El uso de planos cámara en mano, a parte de sorprender por su modernidad y de romper con los esquemas del género resulta tan extraño como atrayente.
El personaje de Ryan roza lo ofensivo. Aparece menos sarcástico y más maléfico que los Marlowe y Spade de Bogart, pero en el fondo repleto de romanticismo igual que ellos. Un soñador sin esperanza. El rostro del actor representa a la perfección todos estos sentimientos que definen a los personajes del cine negro, normalmente detectives, aunque en este caso se presente como un adulterado policía. Sombras, sombreros, gabardinas y juegos a contraluz estarán a su servicio para convertirlo en solitario, seductor, silencioso, agresivo, inteligente y arquetípico personaje del negro, su nombre Jim Wilson, su destino, la soledad y el vacío. Es frio como el hielo ante nuestros ojos pero de corazón ardiente, como marcan los cánones del arquetípico protagonista del género.
Esa voz tan femenina de Lupino, fuera de plano es tremendamente evocadora, bella y sensual. Su aparición en la historia está diseñada de forma cercana a lo épico. Primero su voz, luego su cuerpo de espaldas y por fin su rostro. Se toma su tiempo y su trabajo cinematográfico en presentar a la protagonista que tarda en aparecer la friolera de 40 minutos. En el momento de aparecer la femme fatale, se exageran exponencialmente las características expresionistas. Las sombras se tornan protagonistas, la dualidad moral se presencia imponente y la mentira ronda el ambiente oscuro y recargado a la luz de la chimenea. En lupino se advierte cierta influencia del rostro más mezquino, malhumorado, cabreado y salvaje de la feminidad cinematográfica que no es otro que el que dibujan los insolentes y salvajes ojos de Bette Davis. Sorprenden detalles de guión y sobre todo de su interpretación. Los ojos de Ida Lupino se convierten en luceros en la noche, colmando la negrura de belleza, de una belleza no inocente, una belleza no culpable.
Como melodrama destila sencillez y autenticidad, credibilidad y belleza para conjugar una fusión de géneros, que bien podría evocarme desde la lejanía sentimientos que me producen Capra o Dieterle. Ideas como la dependencia de los demás, la confianza, el amor, o la familia se dibujan a base de sentimientos hermosos, destruyendo cualquier otro aspecto narrativo superficial. Habla de un amor como única vía de escape de este mundo tétrico, oscuro, amoral y deplorable que compartimos, desde que el hombre es hombre.
La multitud de detalles que van adornando de forma cualitativa y cuantitativa la narración me resulta cuando menos, atrayente. Desde los coches rodados en estudio sobre fondo móvil, el Western que se ve en segundo plano en la televisión, como cine de puro entretenimiento o esas calles mojadas por la lluvia, con esos niños sin futuro jugando en ellas, representando esa idea propia del alma del género, como es la forma en la que afectó a la sociedad americana el crack del 29, y los repartidores de periódicos repartiendo en la calle y anunciando los últimos sucesos que hemos visto en tantos largometrajes clásicos, son el perfecto complemento para agrandar la historia.
La música de Bernard Herrmann es indiscutiblemente característica de uno de los míticos y más sobresalientes músicos de la historia del cine. Me resultó curioso que al ver los primeros fotogramas, mientras la cinta nace en las calles de una ciudad nocturna y populosa y escuchar los primeros acordes me resultara tan reconocible y me llevó a constatar en la ficha técnica su trabajo en la banda sonora. Vuelve una vez más a ser increíble, agresiva y psicótica, recordando a la inmortal “Psycho Theme”. Con el paso de las escenas su música orquestal se deja llevar rápidamente hacia el cabaret y el swing. Inolvidables son esas “cacerías” en bosques nevados que rompen con los tópicos del género, ambientadas con una banda sonora que habría causado inevitable placer a Hitchcock.
Ray espera a la conclusión, para perder toda esa independencia y entregarnos un final “Made in Hollywood”, el más clásico de los finales clásicos, ese final diseñado a todas luces, más por un productor que por un director de cine y que le lleva a salir de una gran historia, por la puerta de atrás. Aún así, entenderé siempre a Ray como un rebelde con causa, y su causa fue sin duda, el buen cine.
SERÍA INJUSTO TITULAR ESTA CRÍTICA COMO: “UNA EXÉGESIS PARTICULAR Y PERSONAL DE “quién puede matar a un niño”", PERO ME LO PIDE EL CUERPO. QUE EL AUTOR ME PERDONE.-
DIRECTOR: Gonzalo López-Gallego.-
GUIÓN: Gonzalo López-Gallego, Javier Gullón..-
FOTOGRAFÍA: José David Montero (C).-
REPARTO: Leonardo Sbaraglia, María Valverde, Thomas Riordan, Andrés Juste, Pablo Menasanch, Francisco Olmo, Manuel Sanchez Ramos.-
Si antes de empezar a leer, es usted tan amable de bajar al final de esta entrada y darle al play, la lectura de este artículo le resultará infinitamente más agradable.
Tengo especial predilección por el cine que hacen aquellos que llegan a ser buenos directores, justo en el momento en que aún tienen cierta libertad para narrar en imágenes todas esas ideas de jóvenes que aún sueñan con hacer cine. Así he amado películas como “Pi, fe en el caos” (Pi, faith in chaos, 1998), “Following” (1998), o la que me ocupa en este momento.”El rey de la montaña” de Gonzalo López Gallego, adquiere a mi parecer la merecida etiqueta de cine de culto, con esta producción violenta, rural y salvaje, con una capacidad para crear ambientes espectacular, que se presenta como un ejercicio de horror abstracto, minimalista y teórico absolutamente necesario para los que amamos el cine de género.
Es una producción de 2007, que compitió en la sección oficial de los Festivales de Sitges y Toronto de ese mismo año, aparte de ganar el Méliés de Plata en el festival de cine de Ámsterdam.
Tuve la suerte de verla hace un par de años y desde entonces guardo un magnífico recuerdo, que me ha llevado a revisarla, con excelente placer.
El guión firmado por el propio López-Gallego y Javier Gullón, es sencillo pero tiene la virtud de mezclar ideas tan variopintas como el survival horror, el realismo, el drama y el thriller y sobre todo de no contarnos nada de nada y hacernos sufrir durante más de una hora pensando de donde sale tanta soterrada y cruel violencia, en un ejercicio de suspense de notable calidad. La progresión dramática es lenta, pero me parece más una virtud que un defecto porque el director coquetea y se relame en la ausencia de información dada al espectador, jugando con sus nervios en todo momento. Las constantes vitales de este guión toman su forma admirando el clásico de William Golding, “Lord of the flies”, (1954).
Quim viaja en coche por carreteras secundarias mientras se dirige a la casa de su ex-novia, con la intención de recuperar su relación. Un encuentro tan placentero como turbador y cabreante, le arrastra hasta un desvío en la carretera… hacia un bosque montañoso aparentemente deshabitado, donde le esperan ¿macabras? sorpresas.
No sería justo no decir que me desagrada desmesuradamente la idea que sigue teniendo el cine español de plantarnos en las narices escenas de sexo completamente injustificadas, absurdas, sin sentido y tremendamente retrógradas. Y empiezo por aquí, porque esta película no tiene otro defecto que no sea el de levantar esa bandera que dice: “Soy español, así que ahí va mi escena de sexo”. Obviando esto, todo son virtudes, así que vamos a ello.
Hace poco tuve el placer de ver “Apollo XVIII” y al descubrir que la firmaba Gonzalo López-Gallego, puedo afirmar que tenemos ante nosotros a uno de los mejores directores patrios, en cuanto a cine de género se refiere para los años venideros. “El rey de la montaña” es su tercer largometraje tras “Nómadas” y “Sobre el arco iris”. Se rodó entre Madrid, Burgos, Soria y Segovia y tiene las virtudes de la audacia y la libertad como sus máximos exponentes.
El mayor placer ante su visionado lo proporciona la dirección de López-Gallego. Se descubre como un director con gusto por un tipo de cine que podríamos catalogar como “culto” y mucha pasión por el cine de género y más cuando es un tipo de cine claustrofóbico, de terror y suspense a la luz del día. Es un suspense, sucio, hostil y tenso que bebe de Polanski en su mejor época, de Haneke, en la única película que me parece interesante de toda su filmografía, que no es otra que “Funny Games” (1997), y especialmente de “Defensa” (Deliverance, 1972), de John Boorman. Me sorprende el uso de la profundidad de campo en el sentido más clásico y los planos generales de ese vasto paisaje rural, bello, solitario y despiadado. El uso de planos abstractos le proporciona a la película una inusitada potencia visual. La habilidad del director ante el lenguaje audiovisual como herramienta narrativa, es tremendamente potente y me ofrece la sensación de estar viendo un ejercicio de estilo teorizador y un intento muy logrado de emular a los maestros. Hecho que no evita que me recuerde a otros largometrajes de mayor o menor calidad como “Battle Royal” (Batoru rowaiaru, (2000) o “Muerte entre las flores” (Miller´s Crossing, 1990) y a su mayor referente a mi parecer como es la mítica “Quién puede matar a un niño” (1976) del maestro Chicho. El uso de la steady-cam, reafirma de forma efectiva las escenas de acción, siempre desde su natural minimalismo y acerca a la cinta al subgénero del “Found Footage”, pero mostrando sobrada personalidad cinematográfica deja de lado un género que en este caso le habría hecho perderse en la vulgaridad. Sus dosis de “Survival Horror”, las trata desde un punto de vista casi nunca utilizado, como es el realismo. Mantiene una perfecta intriga hasta el último cuarto de metraje donde cambia por completo el punto de vista de la historia y comienza a preparar un esplendoroso final. Sus escenas a contraluz o las actuaciones de los actores fuera de plano son otros recursos que utiliza el director para mostrar su multitud de registros y recursos técnicos siempre al servicio de la escena. El hecho de que sea el propio López Gallego, quien realice el montaje de la cinta, me hace pensar en un trabajo muy redondo dentro de la perspectiva de un tipo de cine pequeño y de autor.
Su destreza para la intriga y el suspense es espectacular. Logra que los planos de cámara tomen significado de forma brutal y adquieran personalidad en sí mismos, situando a la cámara como un personaje más. Me perdería narrando planos que me impresionan porque hay multitud y es aquí donde el director coloca toda su conocimiento del medio, enormemente cuantioso, porque el guión es sencillo y si quieres manido, pero formalmente es un auténtico ejemplo de buen cine, de ese que no solemos tener en nuestra sumergida iberia. Juega con el terror y el suspense de forma tan salvaje como honesta y eficaz. El contraste entre una bellísima música y esos evocadores paisajes contra la situación tremenda de los personajes, me encanta y me seduce. No gestiona el guión como explicaría cualquier estructura de guión, en el sentido clásico y ortodoxo, sino que apuesta por una constante mezcla de situaciones y sentimientos, que provocan esa deliciosa tensión constante, que dura tres cuartas partes de la filmación hasta su último punto de inflexión donde nos prepara su sorprendente final.
La fotografía de José David Montero refleja a la perfección lo que sería una representación subjetiva de ese ambiente húmedo, frío y solitario. Siguiendo la marca del director, trabaja en lo verdaderamente importante, la sensación de claustrofobia, soledad, perdición y desesperación, dejando de lado cualquier artificio de por sí superficial. Simplemente con ese paisaje montañoso y nubado y un colorido grisáceo, oscurecido y de cierto gusto por el color del ocaso, ambienta a la perfección esta sencilla pero emotivamente eficaz historia.
Otra grata sorpresa es la brillante actuación del siempre correcto Leonardo Sbaraglia que realiza una interpretación muy concordante con la historia, es convincente y hace creíble a un personaje que pedía a gritos un buen actor para encarnarlo. De hombre tenso, nervioso, turbado, pero a la vez honesto y templado, carácter que le va a la perfección al actor.
Pero como nunca se puede tener todo, debo advertir que la actuación de María Valverde es tan plana como la tapa de un libro, no es creíble, no seduce, no convence, no da miedo y no reafirma de ningún modo la sensación de excitación y nervatura que exige su papel. Le da la réplica a Sbaraglia de forma tan correcta como poco convincente y es fácil percatarse de la pobreza de recursos de la actriz en cuestión. Sirve porque es joven, porque es bella, pero todo el peso interpretativo recae sobre el actor bonaerense.
La película tiene una gran virtud y es que obvia por completo el interés por el entretenimiento puro y duro. Es una apuesta valiente que a mi modo de ver llena la producción de amor por el cine y pasión por el género. No vende nada en ningún momento, la veo como una película honesta hasta las entrañas y eso me encanta, porque ocurre tan pocas veces que cuando lo encuentro lo disfruto por partida doble. Se acerca a algo tan humano como la violencia de una forma nada sermoneadora, pero sí crítica, ante la banalidad con la que nuestra sociedad la trata. Es cierto que toma el patrón clásico de la “pareja” y los sitúa en una situación tan horrible, como decadente y desesperanzada, pero tiene la suficiente osadía, para no enzarzarse en improductivas y falsas situaciones de amor que harían perder profundidad y estilo a la película. El hecho de que su casting esté conformado únicamente por siete actores/actrices, denota una vez más el interés por el minimalismo y su intención de sentirse como una obra de cámara.
El aspecto sonoro de la cinta requiere análisis aparte. El trabajo de la gente de Wildtrack, en las manos de Juan Diego Yanda y Daniel Urdiales es simplemente fastuoso y siguiendo la estela abstracta y minimalista de la dirección se convierte por momentos en hipnotizante. Su sobriedad, complejidad y efectividad merecen mi admiración. Sonidos como los de los disparos ofrecen un trabajo serio y de calidad, de los que cuando llevan la firma de Spielberg, llenan páginas y conversaciones sobre cine. No me cortaré un pelo al juzgar que están perfectamente a la altura de aquellos disparos en la playa de Normandía en “Salvar al soldado Ryan” (Saving Private Ryan”, 1998). El eco, que retumba en las montañas realza de una forma más, el terror que impregna toda la producción. Juega con una banda sonora que en multitud de ocasiones es sencillamente silencio y yo mismo soy un convencido de que el silencio es música. Utiliza música en contadas ocasiones y eso se convierte en una virtud, por el hecho de que cualquier otra opción contaminaría las imágenes, ya potentes de por sí. La música para cuerda se mantiene en los parámetros propios del film, intrigante, tétrica y hábil para crear inquietud en el espectador, destila tristeza y desesperanza. Los chelos suenan impactantes y terroríficos. El piano hace lo propio con notable tristeza y melancolía e incluso el brillante trabajo del músico David Crespo se atreve con un rock introvertido, sugerente e hipnotizante.
La familiaridad que me hacen sentir los paisajes del largometraje, logra que me impacte la narración de una forma más convincente. Me gusta pasear por parajes como el que ofrece la película, porque ofrecen un silencio muy especial, y un miedo latente que refleja a la perfección la cinta.
Una película pequeña, terrorífica, original, abstracta y minimalista, con tanto talento tras las cámaras, como amor por el buen cine de terror-suspense, que logra hacer algo tan interesante como llevar el cine de género al marco del “arte y ensayo”. Desconocida para muchos y amada por unos pocos, al menos por el que escribe estas líneas.
REPARTO: Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella, Pablo Rago, Javier Godino, José Luise Gioia, Mario Alarcón, Mariano Argento, Kiko Cerone, David Di Napoli.-
“El secreto de sus ojos” es una exuberante fábula ética, urdida sobre una oscura trama y envuelta en una intimista y esperanzada visión del amor. Su cierta complejidad de guión, mezcla varios puntos de vista y varias historias conjugadas desde la visión de un mismo personaje. Un personaje interpretado por un Ricardo Darín que guía a su protagonista por parajes insondables, para llevarlo a terrenos realmente lejanos, si hablamos de desafíos dramáticos. Su historia lleva a los personajes por “aquello que pudo haber sido”, por amores que bien merecen una vida y nos deja la palpitante sensación de que nunca es tarde para amar.
Mezcla infinitud de géneros con naturalidad pasmosa. Es un thriller con sus debidas dosis de suspense e intriga y es cine negro con interesantísimos giros de guión y con diálogos complejos magníficamente construídos, con una pareja de detectives muy al estilo clásico, interpretados por Darín y Francella. Se mueve de la comedia al drama, del drama al negro y del negro al thriller con excelente soltura, jugando con la intriga, con la habilidad de un prestidigitador. Aporta también con el personaje de Villamil, una Femme Fatal que bien podrían haber interpretado Ava Gardner o Rita Hayworth. Es un amplio mosaico que lo hace todo, y lo hace bien.
Parte de la virtualidad de la película radica en su capacidad para mostrarse eléctrica. Las relaciones de sus personajes funcionan a la perfección, hay magnetismo y sugestión y logra crear empatías entre los personajes cuyo mayor logro es introducir al espectador dentro de la historia y hacérsela vivir como propia.
El guión esta muy bien construído y gratamente sorprende de verdad. El tempo narrativo va “in-crescendo” pero desde el comienzo, es una narración fuerte y poderosa, que nos va llevando hasta un final magnífico, un final compuesto, para las dos historias que trata.
Técnicamente es una maravilla, por esa mezcla de géneros, por esa dualidad en la historia cuyas vertientes se compaginan a la perfección, por unas interpretaciones de libro, pero también es compleja en el aspecto temporal, con la utilización contínua de flashbacks. Está narrada en dos tiempos y los saltos temporales están perfectamente justificados en el guión, es de una solidez rotunda y ningún recurso es gratuíto o para la galería.
En cuanto a lo narrativo, la historia policial está tratada de una forma muy consistente, como un drama moral donde todo cambia de lugar, que te hace dudar de todo, como si de cine negro se tratara y que se hace preguntas muy acertadas sobre la justicia. Me trae a la memoria películas tan variadas y variopintas como “Ciudadano Kane” (Citizen Kane, 1941), “Seven” (1995) o “El halcón Maltés” (The Maltese Falcon,, 1941) y todas al mismo tiempo. La otra parte de la narración, en este caso la sentimental, recuerda bastante a otras películas del director como “El hijo de la novia” (2001), con esa sensibilidad y sentimentalismo tan profundos y arraigados, que me conmueve y me identifica con los personajes.
Como punto negativo decir que deja cierto poso de cuento, que le hace perder dramatismo. Es una sensación personal sobre el tono general de la película, pero el realismo mágico o los guiños a Capra, no le van nada.
Esa metáfora maravillosa de la máquina de escribir, es uno de los motivos que hacen pensar que estamos hablando de un clásico. Adquiere una profundidad muy difícil de conseguir, esa magia que hace que una película sea muy buena, o simplemente buena. Sería un ejemplo claro, preciso y escultural de Macguffin.
Gran película.
El secreto de sus ojos se escribe con “A”, con la “A” de una clásica Olivetti, con la “A” de Amor.
“VIVÍ UNAS SEMANAS MIENTRAS ME AMASTE”. “RETRATO DE UN “KILLER” SENTIMENTAL”.-
DIRECTOR: Nicholas Ray.-
GUIÓN: Andrew Solt.-
FOTOGRAFÍA: Burnett Guffey (BYN).-
REPARTO: Humphrey Bogart, Gloria Grahame, Frank Lovejoy, Robert Warwick, Jeff Donnell, Martha Stewart, Carl Benton Reid, Art Smith, Morris Ankrum, Steven Geray, William Ching.-
MÚSICA: George Antheil.-
GÉNERO: Cine Negro, Drama.-
AÑO: 1950.-
PRODUCTORA: Universal Pictures.-
DURACIÓN: 91 min.-
TÍTULO ORIGINAL: “In a lonely place”.-
PAÍS: U.S.A.-
Ray había sido ayudante de dirección de Elia Kazan, cuyas clases de dirección de actores, famosas por llevar siempre hasta el límite a sus estudiantes, le marcaron para siempre. Antes de rodar su obra más representativa bajo contrato con la Warner, la inolvidable “Rebelde sin causa”, rodó este híbrido drama, con su particular estilo, que tomando las características principales del cine negro, se introduce en un cine de autor siempre estusiasmado por explorar los límites de los sentimientos humanos. Esta idea se podría aplicar a la mayoría de las películas de Ray, convirtiéndolo en un director diferente, siempre alejado en cierta medida del mainstream, por su especial carácter.
El guión de “En un lugar solitario”, se basa en la novela homónima de Dorothy Hughes, publicada en 1947. Retrata la figura de un guionista cinematográfico en horas bajas, de repudiable carácter, desde la perspectiva que el film noir había hecho inmensamente famoso a Humphrey Bogart. La perspectiva de personajes como Philip Marlowe o Samuel Spade que el irremplazable actor ya había interpretado bajo la tutela de John Huston o Howard Hawks. Estos eternos moradores de la soledad y las sombras, en esta obra se convierten en un ciudadano corriente de la clase media de Hollywood y cuyo auténtico rol en la historia es el de eterno culpable.
Dix Steele es ese guionista violento y conflictivo interpretado magistralmente por mi adorado Bogart, que tiene el arduo trabajo de adaptar al cine un best-seller de escasísima calidad. Tras enterarse en el club que frecuenta, de que Mildred, la chica del guardarropa ha leído la novela, la convence para llevarla a su apartamento y que le cuente la historia. A la mañana siguiente la policía se presenta en el apartamento, situando a Steele como primer sospechoso de la muerte de Mildred.
La película queda definida por la relación entre los dos personajes principales, en un careo entre dos colosos del cine clásico como son Humphrey Bogart y Gloria Grahame. Bogart tenía en su bolsillo a la industria, al público y a la crítica, con sus interpretaciones de tipo duro, sin escrúpulos, solitario y oscuro. Este papel parecía escrito para él. La violencia, la infinita seguridad en sí mismo, la actitud despectiva ante el resto del mundo y unos diálogos genéricos del cine negro, que siempre dan la réplica perfecta al amor incondicional que recibe del personaje de Grahame, dejaron la impronta de un mítico personaje más. Cuando el carácter de las personas es superior a su inteligencia todo está perdido. Cuando la incapacidad de control sobre los instintos y el yo, son superiores a la templanza y la voluntad, el amor se diluye en el miedo y el rencor. El personaje de Bogart convierte el amor entre ellos, en un lugar solitario.
Gloria Grahame es la abnegada amante. Esa amante que representa con claridad infinita lo que significa algo tan bello como el amor incondicional. Esta actriz parecía haber nacido para el cine negro. Su belleza y su innata capacidad para representar la inocencia hace de ella una actriz perfecta para este papel. Esa misma capacidad la convertiría en una de las actrices por excelencia de los años 50, en películas como “Los Sobornados” (The Big Heat, 1953) o “Deseos humanos”(Human Desire, 1954), ambas del maestro Lang. En este caso su personaje de extrema inocencia recrea un sórdido drama con un Bogart que se pierde en la mentira, la sordidez y la suciedad moral. Esa belleza de Grahame está cerca de lo salvaje, en un papel más amable, adulto e inteligente a los que acostumbraba, llegando al nivel interpretativo de Rita Hayworth, pero sin el lastre artístico de ser un icono sexual como ella o como lo fuera Marilyn y en algunos casos superando a ambas.
Como cine negro, la película presenta personajes desesperanzados y solitarios, el asesinato necesario para el género y una intriga perfecta que deja en perfecto lugar al montador aparte del director que marca un tempo narrativo perfecto. Pero no hay cine negro sin diálogos sarcásticos, hirientes y salvajes, un claro ejemplo sería una de las frases que más gracia me hizo de la cinta:
¿Sabes que me he casado?
¿Porqué?
No se… tenía unos dólares ahorrados… además me gusta.
La fotografía en blanco y negro de Burnett Guffey, (“Human Desire” Fritz Lang, 1954, “From here to eternity” Fred Zinnemann, 1953)es simplemente perfecta. Jamás exagera con los juegos de luz, en un poema lumínico de sobriedad y elegancia. Deja a un lado los excesos de otras películas del género, para hacer una fotografía coherente, equilibrada y elegante que guía a la película hacia cánones más comerciales, pero también acercándose al estilo del director, que no era amante de improvisaciones o excesos en este sentido. Es más suave y menos personal que la de gente como Greg Toland o Milton Krasner, pero tiene la virtud de la belleza a través de una compleja sencillez.
El uso de la profundidad de campo mezclado con diálogos fuera del plano, donde los dos protagonistas simplemente se miran, son seductores, negros y de una capacidad artística encomiable. Alejan de lo cotidiano al personaje protagonista, para sumergirle en su propio universo, le alejan de lo frívolo y lo banal. Aunque es un personaje con exceso de ego, vanidoso y egoísta, de los que cumplen sus sueños sin esfuerzo. O eso dicen… A Ray le obsesionaban los sentimientos de sus personajes, de ahí esos movimientos de cámara lentos y armoniosos, o esos planos fuera de la conversación.
Me resulta bello verla hoy por las diferencias morales entre sus personajes y los tiempos que vivimos. Destila honestidad y amor por el género. Es una película más amable y más cómica que la media del cine negro de los 40 y al mismo tiempo un drama de magnitudes épicas y una cinta más oscura en su narrativa que el estilo del propio director.
La Banda Sonora de George Antheil ambienta la obra con instrumentos de cuerda y viento, siendo especialmente incisiva en algunas bellas y bajas notas de violonchelo. Reafirma las ideas estilísticas de Nicholas Ray y profundiza a la perfección en ese deplorable personaje.
Pocas películas han representado la violencia como parte del carácter de una forma tan representativa y cruda. La violencia “Como el color de sus ojos, o la forma de su cabeza”. Analizando desde dentro el mundo del cine, en una bajada a los infiernos ganada a pulso y con esfuerzo, para tirar por tierra lo que podría haber sido una visita eterna al paraíso. Duele y deja huella. Posiblemente mi favorita de Ray.
ADAPTACIÓN IRREGULAR E INNECESARIA DEL CLÁSICO DE PECKINPAH-.
DIRECTOR: Rod Lurie.-
PRODUCTORA: Battleplant Productions.-
GUIÓN: Rod Lurie, sobre novela de Gordon Williams.
REPARTO: James Mardsen, Kate Bosworth, Alexander Skarsgard, Dominic Purcel, James Woods.-
MÚSICA: Larry Groupé.-
GÉNERO: Thriller, Drama.-
AÑO: 2011.-
DURACIÓN: 110 min.-
TÍTULO ORIGINAL: Straw dogs.-
Si bien es cierto que hacer re-makes de películas clásicas importantes o de aquellas denominadas “de culto”, es siempre una tarea compleja, he de decir que al “Perros de Paja” que nos presenta Rod Lurie en estos días, no se le puede negar una buena intención, pero no ha sabido reflejar aquello que le daba valor, respeto y rigor a la obra de Pekinpah, una brutal sensación de suciedad moral y un ambiente hostil estremecedor tan depravado y abyecto como el mismísimo infierno.
Si en “Nothing but the truth” Lurie apuntaba buenas maneras, tras varios largometrajes que no dejaban de ser “del montón”, su revisión de los “Perros de Paja” nos ha proporcionado a los cinéfilos una serie de buenos momentos, a pesar de haber vuelto a caer, una vez más en el típico y clásico re-make de obra maestra con el que llegar al público masivo y consumidor de bebida de cola, tamaño gigante.
En contraposición a esa idea he de romper una lanza por Lurie, por haber sido capaz de mantener la violencia extrema del clásico, sin dar rienda suelta a disimulos narrativos encaminados a no dañar la sensibilidad de los corazones más delicados, pero esta revisión tiene un grave y sustancial problema. Si el trabajo de Pekinpah, vuelve a nuestra mente después de años sin verla, con esta óptica de Lurie, no lograremos recordar dentro de tres meses ninguna secuencia concreta de la misma.
En la primera escena el director y ex-crítico nacido en Israel, se delata por completo en un ejercicio de preciosismo paisajístico yanki, de pijerío de lo más estúpidamente “fashion” en coche deportivo y de rubia platino de lo más fútil y encantadora. El estilo queda marcado por llamémosle, cine a la moda. Otro reto que se antojaba imposible de superar, nos aparece conduciendo el coche. Usar gafas de ver y tener cara de tipo introvertido, no es ni por asomo parecerse a Dustin Hoffman, era una batalla perdida de antemano, y así se ha plasmado.
Si nos atenemos a la premisa fundamental de la novela de Gordon Williams, que es la propia expresión “Perros de Paja” referida a esas personas que aparentan fuerza y poder y ocultan en realidad una naturaleza hueca y falsa, la película cumpliría con sus expectativas, pero después de la novela y la obra de Peckimpah, la secuela hubiera necesitado una reformulación de la que carece por completo, quedándose en una imitación más o menos interesante por momentos, pero que no aporta nada nuevo. Sin llegar al límite de plagio como hizo mi admirado Scorsese con “Infiltrados” (The departed, 2006) en su remake de la grandísima “Juego sucio” (Inffernal Affairs, 2002) la idea sería muy parecida. El material es tan bueno, que con copiarlo tienes suficiente para hacer una buena película, pero eso no significa que en esta producción se haya hecho un buen trabajo. Volvemos al problema en el que caen la mayoría de los remakes, que se convierte en vulgares copias del original. Todo esto no habla bien de un director como Rod Lurie.
Todas las ideas interesantes de la cinta de Pekinpah y por ende, de la novela, aquí se convierten, y nunca mejor dicho, en ideas de paja. La idea de violencia psicológica, no tiene actores o actriz para desarrollarse. La idea de ruralidad y sociedad anticuada, solitaria, sexista, machista y alcohólica, queda desnuda y sin poder a base de paisajes bonitos, hamburguesas y partidos de fútbol americano, que no hacen más que incrementar la sensación de postal. Y la idea fundamental de violencia no logra la calidad cinematográfica de Pekinpah, le falta artesanía y arte, capacidad y conocimiento.
Como digo, James Mardsen no logra acercarse a la capacidad interpretativa de Dustin Hoffman. Cuando el papel le pide cobardía se acerca en parte a lo que se espera de su personaje, pero es en el tema de la introversión donde no termina de cumplir. Hace años que no veo la original, pero no se me olvidan los gestos del gran Hoffman, escribiendo fórmulas en aquella pizarra.
El papel de Kate Bosworth, tiene un problema insalvable, que evidentemente no resuelve. La maravilla de Peckimpah, fue en gran parte diseñar para la pantalla una escena paradigmáticamente mezquina y amoral. Una violación consentida, que en la pantalla me producía una sensación asquerosamente inmoral para mi cerebro occidental-liberal, y una sensación paralela en mi estómago que inducido por ella, auguraba la posibilidad de regurgitar. En este remake, no hay nada de esto, todo ello se transforma en: “Escena desagradable vista anteriormente en más de trescientas películas”.
Alexander Skarsgard tiene un papel complicado. El diseño de su personaje no está del todo bien cerrado y a veces se pierde en dualidades morales sin acierto y sin concreción de su personalidad. Y por otro lado se pasa media película a pecho descubierto, no sé si con la intención de vender más entradas, lo que sí sé, es que la idea es tan amarilla como vulgar.
Podríamos estar analizando las reacciones del ser humano en las situaciones más límite, pero con esto en las manos, sólo puedo analizar una burda copia de una obra maestra de Sam Peckinpah.
GUIÓN: Constantine Costa-Gavras, Jean Claude Grumberg, sobre novela de Donald Weslaker.-
REPARTO: José García, Karin Virad, Geordy Monfils, Ulrich Tukur.-
MÚSICA: Armand Amar.-
GÉNERO: Drama, Comedia Negra, Thriller.-
AÑO: 2005.-
DURACIÓN: 122 min.-
TÍTULO ORIGINAL: Le Couperet.-
Konstantinos Gavras, entró en mi particular Olimpo cinematográfico por haber sido el único director de cine, si la memoria no me engaña, que ha conseguido que el cine político llegue a interesarme lo más mínimo y su cine político ha llegado a parecerme sumamente interesante en producciones de la talla moral y cinematográfica de “Missing” (1982) o “La caja de música” (Music Box, 1989).
Esta obra entronca esa temática con una crítica social desde el sarcasmo, la ironía y la inteligencia que apuesto hizo en su momento sentir celos intelectualoides al mitificado Von Trier. La desvergonzada osadía de esta historia es tal, que tan salvaje planteamiento en manos de un actor tan aparentemente honesto como José García, hacen de la cinta, un auténtico poema romántico al deshonor, la injusticia y la hipocresía. Tomando del cine negro la base para sus personajes y situaciones, se descubre como una hilarante comedia negra, que aprovecha esa simpatía para repartir críticas con especial aversión, a todo lo que se le pone por delante. Desde el libre mercado, hasta el matrimonio, la educación, la camaradería laboral o el mismo departamento de policía.
El sublime y obsesivo guión escrito por el propio Gavras y Jean-Cloude Grumberg sobre la novela de Donald Westlaker, hará las delicias de cualquier consumidor de largometrajes del psicótico Von Trier que se precie. Estoy convencido de que es uno de los guiones más finos de la primera década del siglo XXI. Bruno Davert es un alto directivo recién despedido de una multinacional papelera. Cree que encontrará trabajo en muy poco tiempo, debido a su preparación y experiencia, pero tras tres años en el paro, presa de la desesperación, decide localizar y eliminar, con ayuda de un arma de su padre, a aquellos directivos sin empleo que considera de forma lógica, como su más directa competencia.
Recuerda irremediablemente por su argumento a la magnífica “Ocho sentencias de muerte” (Kind Hearts and Coronets, 1949) de Robert Hamer, pero consigue rizar el rizo del sarcasmo en un “tour de force” que me ha hecho sentir por momentos sensaciones que solo había logrado con películas como “El Apartamento” (The Apartment, 1960). Con ese corrosivo y sarcástico sentido del humor, tan cabrón y tan honesto que en realidad solo muestra un puro, palpable, delicioso y trágico romanticismo. Pocas veces se han tratado el sentimiento de culpa y la soledad, de una forma tan brillante y tan obscena. La apariencia, la envidia, las falsas relaciones personales, el racismo y toda la hipocresía que nos inunda, o el matrimonio como institución, utilizando palabras de Groucho Marx, son pateadas con el estilo de un auténtico “gentleman”.
El uso de la voz en off, que nos regala la información de los pensamientos del protagonista, es de lo más sarcástico, divertido y voraz que he visto últimamente en una película, dejando de manifiesto la doble moral que mueve el mundo. Me provoca esa sensación de lo que todos pensamos y ninguno nos atrevemos a expresar.
José García, aparte de ser un gran actor, consigue con su interpretación, algo que es tremendamente difícil, entrar como un huracán en el corazón del espectador mínimamente inteligente, siendo un auténtico trepa, un tipo que convierte su vida en una mentira y por descontado, el tipo que elimina a la competencia de la única forma en la que jamás volverán a molestarle. La aparente insolvencia criminal del protagonista y su magnífica capacidad, lograda en el mundillo empresarial, para resolver las situaciones a la que se enfrenta, conforman una primorosa ironía. El diseño del personaje es tan encomiable y tan perverso al mismo tiempo como el inolvidable y encantador C.C. Baxter o el inolvidable y amoral Eddie Felson. Esta idea y este logro, son el ochenta por ciento del valor de la película. El trabajo de un actor como García, cuyos rasgos físicos, son perfectos para un “padre de familia” honrado y trabajador y este personaje tan depravado que Donald Westlaker inventó en su novela, hacen de ella una de las cotas cinematográficas de los primeros años del siglo que vivimos.
Técnicamente la película no necesita virtuosismos, efectos especiales llamativos o escabrosos, planos secuencia o planos tremendamente complejos. Pero sí necesita una cámara que se introduzca en el personaje, y lo hace, un director con mucho estilo, y eso le sobra a Gavras y una fotografía en clave alta que provoque la sensación de realismo, reto que alcanza con éxito Patrick Blossier. La dirección de actores es simplemente sublime, desde el protagonista hasta el último secundario no dan puntada sin hilo.
Hay un objeto de atrezzo que me conmueve particularmente. Esa Luger que el protagonista pasea de escena en escena parece que tiene alma y logra seguir dando vueltas de tuerca a una historia ya de por sí concienzuda y vitalmente retorcida.
La música para piano y cuerda de Armand Amar, pone la guinda a este primoroso poema moderno, mientras quedamos perplejos y rotundamente satisfechos de nuestra visita a Arcadia.
El cine corre tiempos de escasísima creatividad, de servicio al espectador consumidor y palomitero, pero al menos siempre nos quedará la opción de revisitar a Gavras para reírnos de nuestro absurdo y repugnante sistema de vida occidental. Además es el momento de verla, antes de que Park Chan-wook, ponga su re-make en las salas el año que viene. Admiramos profundamente al creador de “Old Boy” (2003), pero tiene un auténtico reto por delante.