GUIÓN: Sandro Petraglia, Ludovica Rampoldi, sobre novela de Karin Fossum.-
FOTOGRAFÍA: Ramiro Civita(C).-
REPARTO: Toni Servillo, Denis Fasolo, Nello Mascia, Fausto Maria Sciarappa, Marco Baliani, Giulia Michelini, Franco Ravera, Sara D’Amario, Heidi Caldart, Fabrizio Gifuni.-
MÚSICA: Teho Teardo.-
GÉNERO: Thriller.-
AÑO: 2007.-
PRODUCTORA: Indigo Film, Medusa Film.-
DURACIÓN: 95 min.-
TÍTULO ORIGINAL: “La Ragazza del Lago”.-
PAÍS: Italia.-
Como buen amante de ese crímen perfecto del que con avidez hablaba Hitchcock, fuí entusiasmado al cine a disfrutar del primer largometraje de Andrea Molaioli, un thriller de intriga que rodara allá por 2007, en un idílico pueblo de la cordillera de los Dolomitas. Estrenándose en Madrid, el 22 de Abril de 2011, casi cuatro años después de su estreno en Italia.
Basado en la novela homónima de Karin Fossum, que traía el premio a la mejor novela policiaca escandinava bajo el brazo, me encontré con una cinta de un prodigioso gusto clásico, aroma a cine negro europeo y pulcritud y compromiso con un cine de calidad, que rezuma academicismo, aunque como contrariedad se sienta escasa en cuanto a sentimiento, a corazón. Y este sea quizá el peaje, que pague el director, en un gran debut.
Como toda buena película, basa la trama en una idea simple, clara y concisa. La aparición del cadaver de una bella joven, a la orilla de un idílico lago, es su trágico punto de partida. A partir de ahí, Molaioli comienza a jugar a ese maravilloso solaz de hacer desfilar posibles culpables, que se enfrentan a un Comisario de Policía con malas “pulgas”, interpretado por un Toni Servillo, (Gomorra, Il Divo) que no termina de convencerme, por mostrarse forzado tanto en el plano sentimental como en el de duro policía, pero que mantiene su artesanía interpretativa y su rostro imperturbable.
La cinta pide a gritos una inevitable comparación con el cine de Chabrol, que se presenta como su primordial influencia e influjo. Evidentemente sale perdiendo, pero acepta con orgullo y dignidad tan arduo reto. Se muestra excesivamente tibia, le falta la dureza necesaria para contar un relato desagradable y enfermizo de por sí, en ese marco tétrico y realista del cine del francés, pero Molaioli escapa a tan crudos lamentos, con un sentido del ritmo “in crescendo” que me invita a compararlo con un vals, por su sofisticada y bella gracia para medir el tempo narrativo, en un refinado trabajo de montaje. Sus preciosos encuadres sobre planos generales de este bello paisaje del norte de Italia se advierten que “ni pintados”, para el baile de la cámara, como un clásico narrador omnisciente. Esto es lo más valioso de la película, la capacidad del director de poner en imágenes todo ese rebosante clasicismo, del que es buen conocedor.
La composición fotográfica es rotundamente original y el uso de los espacios, la situación de la cámara, y su movimiento, le aportan la amplitud artística de la que carecen los personajes en un guión que no termina de funcionar. Y no termina de funcionar porque intenta justificar la parte más dramática de la historia con una enfermedad o una inestable relación paterno-filial, pretendiendo así crear el drama de la forma, quizá, más fácil. Tengo la opinión de que es infinitamente más fácil, apelar a la sensibilidad del espectador con un drama sobre el holocausto, que con un thriller intimista como es el caso, hecho que me lleva a la conclusión de que el cine de género está injusta y profundamente minusvalorado.
La trama principal está rodeada, en un acierto pleno de guión, de subtramas destinadas con virtud, a una necesaria confusión, pero no termina de profundizar en los personajes, alejándose más de lo esperado del cine clásico al que apela constantemente. El mejor ejemplo de ello, es la introducción de una bella y tétrica leyenda constatada en el personaje de una niña.
La música de piano de Theo Teardo, es del todo poco apropiada, por no generar tensión y estar en consonancia con el paisaje, más que con la historia. Es una pena que no esté mejor ambientada desde el ámbito sonoro.
Una película con aroma clásico y una dirección preciosista que bien podría haber llegado a ser un gran largometraje, pero no termina de serlo, a pesar de atreverse a remodelar las reglas de su género, el thriller.
SERÍA INJUSTO TITULAR ESTA CRÍTICA COMO: “UNA EXÉGESIS PARTICULAR Y PERSONAL DE “quién puede matar a un niño”", PERO ME LO PIDE EL CUERPO. QUE EL AUTOR ME PERDONE.-
DIRECTOR: Gonzalo López-Gallego.-
GUIÓN: Gonzalo López-Gallego, Javier Gullón..-
FOTOGRAFÍA: José David Montero (C).-
REPARTO: Leonardo Sbaraglia, María Valverde, Thomas Riordan, Andrés Juste, Pablo Menasanch, Francisco Olmo, Manuel Sanchez Ramos.-
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Tengo especial predilección por el cine que hacen aquellos que llegan a ser buenos directores, justo en el momento en que aún tienen cierta libertad para narrar en imágenes todas esas ideas de jóvenes que aún sueñan con hacer cine. Así he amado películas como “Pi, fe en el caos” (Pi, faith in chaos, 1998), “Following” (1998), o la que me ocupa en este momento.”El rey de la montaña” de Gonzalo López Gallego, adquiere a mi parecer la merecida etiqueta de cine de culto, con esta producción violenta, rural y salvaje, con una capacidad para crear ambientes espectacular, que se presenta como un ejercicio de horror abstracto, minimalista y teórico absolutamente necesario para los que amamos el cine de género.
Es una producción de 2007, que compitió en la sección oficial de los Festivales de Sitges y Toronto de ese mismo año, aparte de ganar el Méliés de Plata en el festival de cine de Ámsterdam.
Tuve la suerte de verla hace un par de años y desde entonces guardo un magnífico recuerdo, que me ha llevado a revisarla, con excelente placer.
El guión firmado por el propio López-Gallego y Javier Gullón, es sencillo pero tiene la virtud de mezclar ideas tan variopintas como el survival horror, el realismo, el drama y el thriller y sobre todo de no contarnos nada de nada y hacernos sufrir durante más de una hora pensando de donde sale tanta soterrada y cruel violencia, en un ejercicio de suspense de notable calidad. La progresión dramática es lenta, pero me parece más una virtud que un defecto porque el director coquetea y se relame en la ausencia de información dada al espectador, jugando con sus nervios en todo momento. Las constantes vitales de este guión toman su forma admirando el clásico de William Golding, “Lord of the flies”, (1954).
Quim viaja en coche por carreteras secundarias mientras se dirige a la casa de su ex-novia, con la intención de recuperar su relación. Un encuentro tan placentero como turbador y cabreante, le arrastra hasta un desvío en la carretera… hacia un bosque montañoso aparentemente deshabitado, donde le esperan ¿macabras? sorpresas.
No sería justo no decir que me desagrada desmesuradamente la idea que sigue teniendo el cine español de plantarnos en las narices escenas de sexo completamente injustificadas, absurdas, sin sentido y tremendamente retrógradas. Y empiezo por aquí, porque esta película no tiene otro defecto que no sea el de levantar esa bandera que dice: “Soy español, así que ahí va mi escena de sexo”. Obviando esto, todo son virtudes, así que vamos a ello.
Hace poco tuve el placer de ver “Apollo XVIII” y al descubrir que la firmaba Gonzalo López-Gallego, puedo afirmar que tenemos ante nosotros a uno de los mejores directores patrios, en cuanto a cine de género se refiere para los años venideros. “El rey de la montaña” es su tercer largometraje tras “Nómadas” y “Sobre el arco iris”. Se rodó entre Madrid, Burgos, Soria y Segovia y tiene las virtudes de la audacia y la libertad como sus máximos exponentes.
El mayor placer ante su visionado lo proporciona la dirección de López-Gallego. Se descubre como un director con gusto por un tipo de cine que podríamos catalogar como “culto” y mucha pasión por el cine de género y más cuando es un tipo de cine claustrofóbico, de terror y suspense a la luz del día. Es un suspense, sucio, hostil y tenso que bebe de Polanski en su mejor época, de Haneke, en la única película que me parece interesante de toda su filmografía, que no es otra que “Funny Games” (1997), y especialmente de “Defensa” (Deliverance, 1972), de John Boorman. Me sorprende el uso de la profundidad de campo en el sentido más clásico y los planos generales de ese vasto paisaje rural, bello, solitario y despiadado. El uso de planos abstractos le proporciona a la película una inusitada potencia visual. La habilidad del director ante el lenguaje audiovisual como herramienta narrativa, es tremendamente potente y me ofrece la sensación de estar viendo un ejercicio de estilo teorizador y un intento muy logrado de emular a los maestros. Hecho que no evita que me recuerde a otros largometrajes de mayor o menor calidad como “Battle Royal” (Batoru rowaiaru, (2000) o “Muerte entre las flores” (Miller´s Crossing, 1990) y a su mayor referente a mi parecer como es la mítica “Quién puede matar a un niño” (1976) del maestro Chicho. El uso de la steady-cam, reafirma de forma efectiva las escenas de acción, siempre desde su natural minimalismo y acerca a la cinta al subgénero del “Found Footage”, pero mostrando sobrada personalidad cinematográfica deja de lado un género que en este caso le habría hecho perderse en la vulgaridad. Sus dosis de “Survival Horror”, las trata desde un punto de vista casi nunca utilizado, como es el realismo. Mantiene una perfecta intriga hasta el último cuarto de metraje donde cambia por completo el punto de vista de la historia y comienza a preparar un esplendoroso final. Sus escenas a contraluz o las actuaciones de los actores fuera de plano son otros recursos que utiliza el director para mostrar su multitud de registros y recursos técnicos siempre al servicio de la escena. El hecho de que sea el propio López Gallego, quien realice el montaje de la cinta, me hace pensar en un trabajo muy redondo dentro de la perspectiva de un tipo de cine pequeño y de autor.
Su destreza para la intriga y el suspense es espectacular. Logra que los planos de cámara tomen significado de forma brutal y adquieran personalidad en sí mismos, situando a la cámara como un personaje más. Me perdería narrando planos que me impresionan porque hay multitud y es aquí donde el director coloca toda su conocimiento del medio, enormemente cuantioso, porque el guión es sencillo y si quieres manido, pero formalmente es un auténtico ejemplo de buen cine, de ese que no solemos tener en nuestra sumergida iberia. Juega con el terror y el suspense de forma tan salvaje como honesta y eficaz. El contraste entre una bellísima música y esos evocadores paisajes contra la situación tremenda de los personajes, me encanta y me seduce. No gestiona el guión como explicaría cualquier estructura de guión, en el sentido clásico y ortodoxo, sino que apuesta por una constante mezcla de situaciones y sentimientos, que provocan esa deliciosa tensión constante, que dura tres cuartas partes de la filmación hasta su último punto de inflexión donde nos prepara su sorprendente final.
La fotografía de José David Montero refleja a la perfección lo que sería una representación subjetiva de ese ambiente húmedo, frío y solitario. Siguiendo la marca del director, trabaja en lo verdaderamente importante, la sensación de claustrofobia, soledad, perdición y desesperación, dejando de lado cualquier artificio de por sí superficial. Simplemente con ese paisaje montañoso y nubado y un colorido grisáceo, oscurecido y de cierto gusto por el color del ocaso, ambienta a la perfección esta sencilla pero emotivamente eficaz historia.
Otra grata sorpresa es la brillante actuación del siempre correcto Leonardo Sbaraglia que realiza una interpretación muy concordante con la historia, es convincente y hace creíble a un personaje que pedía a gritos un buen actor para encarnarlo. De hombre tenso, nervioso, turbado, pero a la vez honesto y templado, carácter que le va a la perfección al actor.
Pero como nunca se puede tener todo, debo advertir que la actuación de María Valverde es tan plana como la tapa de un libro, no es creíble, no seduce, no convence, no da miedo y no reafirma de ningún modo la sensación de excitación y nervatura que exige su papel. Le da la réplica a Sbaraglia de forma tan correcta como poco convincente y es fácil percatarse de la pobreza de recursos de la actriz en cuestión. Sirve porque es joven, porque es bella, pero todo el peso interpretativo recae sobre el actor bonaerense.
La película tiene una gran virtud y es que obvia por completo el interés por el entretenimiento puro y duro. Es una apuesta valiente que a mi modo de ver llena la producción de amor por el cine y pasión por el género. No vende nada en ningún momento, la veo como una película honesta hasta las entrañas y eso me encanta, porque ocurre tan pocas veces que cuando lo encuentro lo disfruto por partida doble. Se acerca a algo tan humano como la violencia de una forma nada sermoneadora, pero sí crítica, ante la banalidad con la que nuestra sociedad la trata. Es cierto que toma el patrón clásico de la “pareja” y los sitúa en una situación tan horrible, como decadente y desesperanzada, pero tiene la suficiente osadía, para no enzarzarse en improductivas y falsas situaciones de amor que harían perder profundidad y estilo a la película. El hecho de que su casting esté conformado únicamente por siete actores/actrices, denota una vez más el interés por el minimalismo y su intención de sentirse como una obra de cámara.
El aspecto sonoro de la cinta requiere análisis aparte. El trabajo de la gente de Wildtrack, en las manos de Juan Diego Yanda y Daniel Urdiales es simplemente fastuoso y siguiendo la estela abstracta y minimalista de la dirección se convierte por momentos en hipnotizante. Su sobriedad, complejidad y efectividad merecen mi admiración. Sonidos como los de los disparos ofrecen un trabajo serio y de calidad, de los que cuando llevan la firma de Spielberg, llenan páginas y conversaciones sobre cine. No me cortaré un pelo al juzgar que están perfectamente a la altura de aquellos disparos en la playa de Normandía en “Salvar al soldado Ryan” (Saving Private Ryan”, 1998). El eco, que retumba en las montañas realza de una forma más, el terror que impregna toda la producción. Juega con una banda sonora que en multitud de ocasiones es sencillamente silencio y yo mismo soy un convencido de que el silencio es música. Utiliza música en contadas ocasiones y eso se convierte en una virtud, por el hecho de que cualquier otra opción contaminaría las imágenes, ya potentes de por sí. La música para cuerda se mantiene en los parámetros propios del film, intrigante, tétrica y hábil para crear inquietud en el espectador, destila tristeza y desesperanza. Los chelos suenan impactantes y terroríficos. El piano hace lo propio con notable tristeza y melancolía e incluso el brillante trabajo del músico David Crespo se atreve con un rock introvertido, sugerente e hipnotizante.
La familiaridad que me hacen sentir los paisajes del largometraje, logra que me impacte la narración de una forma más convincente. Me gusta pasear por parajes como el que ofrece la película, porque ofrecen un silencio muy especial, y un miedo latente que refleja a la perfección la cinta.
Una película pequeña, terrorífica, original, abstracta y minimalista, con tanto talento tras las cámaras, como amor por el buen cine de terror-suspense, que logra hacer algo tan interesante como llevar el cine de género al marco del “arte y ensayo”. Desconocida para muchos y amada por unos pocos, al menos por el que escribe estas líneas.
REPARTO: Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella, Pablo Rago, Javier Godino, José Luise Gioia, Mario Alarcón, Mariano Argento, Kiko Cerone, David Di Napoli.-
“El secreto de sus ojos” es una exuberante fábula ética, urdida sobre una oscura trama y envuelta en una intimista y esperanzada visión del amor. Su cierta complejidad de guión, mezcla varios puntos de vista y varias historias conjugadas desde la visión de un mismo personaje. Un personaje interpretado por un Ricardo Darín que guía a su protagonista por parajes insondables, para llevarlo a terrenos realmente lejanos, si hablamos de desafíos dramáticos. Su historia lleva a los personajes por “aquello que pudo haber sido”, por amores que bien merecen una vida y nos deja la palpitante sensación de que nunca es tarde para amar.
Mezcla infinitud de géneros con naturalidad pasmosa. Es un thriller con sus debidas dosis de suspense e intriga y es cine negro con interesantísimos giros de guión y con diálogos complejos magníficamente construídos, con una pareja de detectives muy al estilo clásico, interpretados por Darín y Francella. Se mueve de la comedia al drama, del drama al negro y del negro al thriller con excelente soltura, jugando con la intriga, con la habilidad de un prestidigitador. Aporta también con el personaje de Villamil, una Femme Fatal que bien podrían haber interpretado Ava Gardner o Rita Hayworth. Es un amplio mosaico que lo hace todo, y lo hace bien.
Parte de la virtualidad de la película radica en su capacidad para mostrarse eléctrica. Las relaciones de sus personajes funcionan a la perfección, hay magnetismo y sugestión y logra crear empatías entre los personajes cuyo mayor logro es introducir al espectador dentro de la historia y hacérsela vivir como propia.
El guión esta muy bien construído y gratamente sorprende de verdad. El tempo narrativo va “in-crescendo” pero desde el comienzo, es una narración fuerte y poderosa, que nos va llevando hasta un final magnífico, un final compuesto, para las dos historias que trata.
Técnicamente es una maravilla, por esa mezcla de géneros, por esa dualidad en la historia cuyas vertientes se compaginan a la perfección, por unas interpretaciones de libro, pero también es compleja en el aspecto temporal, con la utilización contínua de flashbacks. Está narrada en dos tiempos y los saltos temporales están perfectamente justificados en el guión, es de una solidez rotunda y ningún recurso es gratuíto o para la galería.
En cuanto a lo narrativo, la historia policial está tratada de una forma muy consistente, como un drama moral donde todo cambia de lugar, que te hace dudar de todo, como si de cine negro se tratara y que se hace preguntas muy acertadas sobre la justicia. Me trae a la memoria películas tan variadas y variopintas como “Ciudadano Kane” (Citizen Kane, 1941), “Seven” (1995) o “El halcón Maltés” (The Maltese Falcon,, 1941) y todas al mismo tiempo. La otra parte de la narración, en este caso la sentimental, recuerda bastante a otras películas del director como “El hijo de la novia” (2001), con esa sensibilidad y sentimentalismo tan profundos y arraigados, que me conmueve y me identifica con los personajes.
Como punto negativo decir que deja cierto poso de cuento, que le hace perder dramatismo. Es una sensación personal sobre el tono general de la película, pero el realismo mágico o los guiños a Capra, no le van nada.
Esa metáfora maravillosa de la máquina de escribir, es uno de los motivos que hacen pensar que estamos hablando de un clásico. Adquiere una profundidad muy difícil de conseguir, esa magia que hace que una película sea muy buena, o simplemente buena. Sería un ejemplo claro, preciso y escultural de Macguffin.
Gran película.
El secreto de sus ojos se escribe con “A”, con la “A” de una clásica Olivetti, con la “A” de Amor.
“VIVÍ UNAS SEMANAS MIENTRAS ME AMASTE”. “RETRATO DE UN “KILLER” SENTIMENTAL”.-
DIRECTOR: Nicholas Ray.-
GUIÓN: Andrew Solt.-
FOTOGRAFÍA: Burnett Guffey (BYN).-
REPARTO: Humphrey Bogart, Gloria Grahame, Frank Lovejoy, Robert Warwick, Jeff Donnell, Martha Stewart, Carl Benton Reid, Art Smith, Morris Ankrum, Steven Geray, William Ching.-
MÚSICA: George Antheil.-
GÉNERO: Cine Negro, Drama.-
AÑO: 1950.-
PRODUCTORA: Universal Pictures.-
DURACIÓN: 91 min.-
TÍTULO ORIGINAL: “In a lonely place”.-
PAÍS: U.S.A.-
Ray había sido ayudante de dirección de Elia Kazan, cuyas clases de dirección de actores, famosas por llevar siempre hasta el límite a sus estudiantes, le marcaron para siempre. Antes de rodar su obra más representativa bajo contrato con la Warner, la inolvidable “Rebelde sin causa”, rodó este híbrido drama, con su particular estilo, que tomando las características principales del cine negro, se introduce en un cine de autor siempre estusiasmado por explorar los límites de los sentimientos humanos. Esta idea se podría aplicar a la mayoría de las películas de Ray, convirtiéndolo en un director diferente, siempre alejado en cierta medida del mainstream, por su especial carácter.
El guión de “En un lugar solitario”, se basa en la novela homónima de Dorothy Hughes, publicada en 1947. Retrata la figura de un guionista cinematográfico en horas bajas, de repudiable carácter, desde la perspectiva que el film noir había hecho inmensamente famoso a Humphrey Bogart. La perspectiva de personajes como Philip Marlowe o Samuel Spade que el irremplazable actor ya había interpretado bajo la tutela de John Huston o Howard Hawks. Estos eternos moradores de la soledad y las sombras, en esta obra se convierten en un ciudadano corriente de la clase media de Hollywood y cuyo auténtico rol en la historia es el de eterno culpable.
Dix Steele es ese guionista violento y conflictivo interpretado magistralmente por mi adorado Bogart, que tiene el arduo trabajo de adaptar al cine un best-seller de escasísima calidad. Tras enterarse en el club que frecuenta, de que Mildred, la chica del guardarropa ha leído la novela, la convence para llevarla a su apartamento y que le cuente la historia. A la mañana siguiente la policía se presenta en el apartamento, situando a Steele como primer sospechoso de la muerte de Mildred.
La película queda definida por la relación entre los dos personajes principales, en un careo entre dos colosos del cine clásico como son Humphrey Bogart y Gloria Grahame. Bogart tenía en su bolsillo a la industria, al público y a la crítica, con sus interpretaciones de tipo duro, sin escrúpulos, solitario y oscuro. Este papel parecía escrito para él. La violencia, la infinita seguridad en sí mismo, la actitud despectiva ante el resto del mundo y unos diálogos genéricos del cine negro, que siempre dan la réplica perfecta al amor incondicional que recibe del personaje de Grahame, dejaron la impronta de un mítico personaje más. Cuando el carácter de las personas es superior a su inteligencia todo está perdido. Cuando la incapacidad de control sobre los instintos y el yo, son superiores a la templanza y la voluntad, el amor se diluye en el miedo y el rencor. El personaje de Bogart convierte el amor entre ellos, en un lugar solitario.
Gloria Grahame es la abnegada amante. Esa amante que representa con claridad infinita lo que significa algo tan bello como el amor incondicional. Esta actriz parecía haber nacido para el cine negro. Su belleza y su innata capacidad para representar la inocencia hace de ella una actriz perfecta para este papel. Esa misma capacidad la convertiría en una de las actrices por excelencia de los años 50, en películas como “Los Sobornados” (The Big Heat, 1953) o “Deseos humanos”(Human Desire, 1954), ambas del maestro Lang. En este caso su personaje de extrema inocencia recrea un sórdido drama con un Bogart que se pierde en la mentira, la sordidez y la suciedad moral. Esa belleza de Grahame está cerca de lo salvaje, en un papel más amable, adulto e inteligente a los que acostumbraba, llegando al nivel interpretativo de Rita Hayworth, pero sin el lastre artístico de ser un icono sexual como ella o como lo fuera Marilyn y en algunos casos superando a ambas.
Como cine negro, la película presenta personajes desesperanzados y solitarios, el asesinato necesario para el género y una intriga perfecta que deja en perfecto lugar al montador aparte del director que marca un tempo narrativo perfecto. Pero no hay cine negro sin diálogos sarcásticos, hirientes y salvajes, un claro ejemplo sería una de las frases que más gracia me hizo de la cinta:
¿Sabes que me he casado?
¿Porqué?
No se… tenía unos dólares ahorrados… además me gusta.
La fotografía en blanco y negro de Burnett Guffey, (“Human Desire” Fritz Lang, 1954, “From here to eternity” Fred Zinnemann, 1953)es simplemente perfecta. Jamás exagera con los juegos de luz, en un poema lumínico de sobriedad y elegancia. Deja a un lado los excesos de otras películas del género, para hacer una fotografía coherente, equilibrada y elegante que guía a la película hacia cánones más comerciales, pero también acercándose al estilo del director, que no era amante de improvisaciones o excesos en este sentido. Es más suave y menos personal que la de gente como Greg Toland o Milton Krasner, pero tiene la virtud de la belleza a través de una compleja sencillez.
El uso de la profundidad de campo mezclado con diálogos fuera del plano, donde los dos protagonistas simplemente se miran, son seductores, negros y de una capacidad artística encomiable. Alejan de lo cotidiano al personaje protagonista, para sumergirle en su propio universo, le alejan de lo frívolo y lo banal. Aunque es un personaje con exceso de ego, vanidoso y egoísta, de los que cumplen sus sueños sin esfuerzo. O eso dicen… A Ray le obsesionaban los sentimientos de sus personajes, de ahí esos movimientos de cámara lentos y armoniosos, o esos planos fuera de la conversación.
Me resulta bello verla hoy por las diferencias morales entre sus personajes y los tiempos que vivimos. Destila honestidad y amor por el género. Es una película más amable y más cómica que la media del cine negro de los 40 y al mismo tiempo un drama de magnitudes épicas y una cinta más oscura en su narrativa que el estilo del propio director.
La Banda Sonora de George Antheil ambienta la obra con instrumentos de cuerda y viento, siendo especialmente incisiva en algunas bellas y bajas notas de violonchelo. Reafirma las ideas estilísticas de Nicholas Ray y profundiza a la perfección en ese deplorable personaje.
Pocas películas han representado la violencia como parte del carácter de una forma tan representativa y cruda. La violencia “Como el color de sus ojos, o la forma de su cabeza”. Analizando desde dentro el mundo del cine, en una bajada a los infiernos ganada a pulso y con esfuerzo, para tirar por tierra lo que podría haber sido una visita eterna al paraíso. Duele y deja huella. Posiblemente mi favorita de Ray.