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años 60, Chris Marker, Ciencia ficción, Cine Experimental, cine francés, Davos Hanich, El muelle, Foto Romance, Helene Chatelain, Jean Chiabaud, La Jetée
“LA HISTORIA DE UN NIÑO QUE CONTEMPLÓ SU PROPIA MUERTE”.-
DIRECTOR: Chris Marker.-- GUIÓN: Chris Marker.-
- FOTOGRAFÍA: Jean Chiabaud (ByN).-
- REPARTO: Helene Chatelain, Davos Hanich, Jacques Ledoux, André Heinrich, Jacques Branchu, Pierre Joffroy, Etienne Becker, Philbert von Lifchitz, Ligia Borowcyk, Janine Klein.-
- MÚSICA: Trevor Duncan.-
- GÉNERO: Ciencia Ficción, Cine Experimental.-
- AÑO: 1962.-
- PRODUCTORA: Argos Films.-
- DURACIÓN: 29 min.-
- TÍTULO ORIGINAL: “La Jetée”.-
- PAÍS: Francia.-
La cercana amistad de la que participaban Chris Marker y Andrei Tarkovsky, no era lo único que compartían ambos cineastas. El gusto por el cine como arte mayor, se reflejaba en películas, densas, filosóficas, y repletas de mensajes destinados a nuestros más interiores instintos y de interés por las ideas por encima del espectáculo o el entretenimiento.
No tengo especial predilección por el cine experimental. Me parece tan interesante como cualquier otro, pero es un género que me ha regalado películas de incalculable valor artístico y humano. La cinta titulada “La Jetée”, de Chris Marker es sin duda una de las que más me han marcado al introducirme como espectador en las faenas de esos realizadores que gustan de traspasar los límites que definen el cinematógrafo.
Su narración apocalíptica, tierna, desesperanzada y sobria como un busto de Julio César, me deja un palpitante y dulce sabor de boca. La escasez de recursos que utiliza y el barroquismo de su contenido conforman un conglomerado artístico tan complejo, bello y tan ávido de esencias que merece cuando menos, el visionado de cualquier cinéfilo en ciernes, o de cualquier persona interesada en el arte, en el cine o en la ciencia ficción.
París. El mundo ha quedado asolado, tras la III Guerra Mundial, la contaminación nuclear invade todo. Los vencedores y los vencidos viven sin recursos y sin futuro, en catacumbas bajo una tierra inerte y desolada. Un grupo de científicos del grupo vencedor concluye que la única forma de salvar lo que queda de humanidad, se logrará a través de los viajes en el tiempo. Para ello realizan pruebas de laboratorio con uno de los prisioneros, elegido por su obsesión con una imagen de la infancia.
Los rasgos fundamentales y definitorios de esta cinta de corte experimental, son la realización en foto fija, la perfecta ambientación musical de Trevor Duncan y el uso indispensable y necesario del narrador. Grandes dosis de información condensadas en escaso tiempo, nos son narradas mientras percibimos con mirada atónita un emocionante y sincero homenaje a la fotografía.
Esa fotografía que va dibujando instantes de realidad destinados a lo eterno, a perdurar y a conformar el alma de la humanidad. Esencialmente habla sobre el poder de la memoria y de cómo ésta, marca y define nuestra existencia. Lo que verdaderamente importa es lo que queda imborrable en nuestra memoria. Utilizando este recurso, el director realiza una preciosa fusión con la forma y el contenido. Las fotografías representan por un lado la acción dramática y por otro sirven de metáfora para explicar la propia historia, que entiende el tiempo como único escape para una sociedad destruida por su propia estupidez. La historia se sitúa precisamente en el presente psicológico de su protagonista, juega con el presente, el pasado y el futuro, desde un plano subjetivo, de ensueño y de irrealidad y su herramienta es esa evocadora foto fija en blanco y negro. En el montaje se aprecian los más ilusionantes tintes artísticos al jugar con la velocidad de las fotografías, cambiando el número de frames por segundo y pasando fotografías en movimiento a muy escasa velocidad. Este hecho evoca irremediablemente a los orígenes del cine
El narrador es una figura especialmente peligrosa. Si se usa bien, el resultado suele ser soberbio, pero si se utiliza sin justificación o mal implementado, suele ser catastrófico. En este caso el recurso es mortal de necesidad. Dado el concepto minimalista de la producción, la escasez de recursos y el tremendo montaje que condensa en menos de media hora, una historia que podría durar hora y media, aportando por otro lado un ritmo frenético, el narrador aparte de solucionar presumibles problemas de producción, destila arte majestuoso y noble aportando credibilidad y seriedad al film.
La ambientación musical de Trevor Duncan explora terrenos que van desde lo clásico a lo experimental. Es especialmente interesante su música clásica, gótica e interesada por los coros multitudinarios y ampulosos. La utilización de los efectos sonoros y la música sobre la foto fija, evoca inevitablemente al cine mudo de los primeros años del siglo pasado dejándome la curiosa reflexión de que el cine experimental regrese al mayor clasicismo. Pero en el tema narrativo hay otra vuelta al pasado que me reafirma en la idea de que toda modernidad es en esencia una vuelta al pasado. Su fiel acercamiento a “Amanecer” (“Sunrise: A song of two humans”, 1927) de Murnau como romance y como historia en esencia de amor, es una de sus mayores virtudes. Entiendo que es un acercamiento involuntario y completamente subjetivo desde mi propia perspectiva, pero esta historia de amor es su mayor apuesta narrativa y su mayor virtud en temas de guión.
¿Y qué es lo que nuestra memoria guarda como un maldito tesoro? El amor y la infancia. Evoca a la niñez como único lugar temporal en la vida de absoluta libertad y felicidad y del punto que marca nuestra existencia para siempre. Es el momento en el que un imaginario destino definiría el camino de nuestra vida. En la infancia vemos todo como una auténtica aventura. Me recuerdo a mi mismo en el asiento trasero del coche de mis padres, viajando de noche y haciendo de un polígono industrial en alguna carretera que no recuerdo, un auténtico lugar de ensueño, donde aquellas tenues luces y aquellas extrañas construcciones, bien podrían representar mi particular Eldorado, donde se escondían las más emocionantes aventuras y los más misteriosos arcanos. A esta idea hace referencia la película, de forma evocadora en sus perturbados juegos temporales, situándola en contraposición a la muerte como marco en cuyo interior se desarrolla la vida.
La otra idea narrativa sustancial e importante es sin duda su historia de amor, que tiene la particularidad de lo creíble, hecho que casi nunca logra el cine en este contexto. Habla del amor y de la confianza como única herramienta indispensable para lograrlo y en consecuencia alcanzar la felicidad. Ante un problema de carácter titánico, como una guerra que ha acabado con la humanidad, el director presenta al amor como lo único capaz de salvar y de dar refugio a los supervivientes. Una apasionada historia de amor, de un realismo casi trágico que es siempre el mejor mimbre para hacer una buena película, incluso si esta es un documental experimental de ciencia ficción.
Su complejísimo guión introduce temas tan variopintos como la experimentación con seres humanos, tema de alma irremediablemente inmoral y anti-ético, que estaba tan en boga en su época, debido a la guerra fría y al periodo histórico en el que se encuadra la filmación. Hecho que critica la película en forma de frustraciones y locuras de sus personajes. Este tema le lleva a hablarnos de Frankenstein o de introducir ciertas ideas filosóficas que transitan desde el más apocalíptico y pesimista Schopenhauer a las más esperanzadoras ideas Sofistas. El arte que está presente como recuerdo de una humanidad próspera y como contraposición al terror y a la destrucción definidos como hechos intrínsecos al ser humano. Recuerdo de una vida mejor.
Una magnífica película, en un formato apasionante e insólito que podríamos denominar “Foto-Romance”, no apta para el consumidor atroz de las falacias del mainstream, que nos plantea el tiempo como una construcción creada por los seres humanos para dar forma a su existencia y que creamos momento a momento, vivencia a vivencia. Presenta un futuro donde brilla el gigantismo, la superpoblación y seres humanos mentalmente robotizados, como marcaba socialmente el momento en que se rodó la película.
Es un auténtico placer pasear por el embarcadero de Orly para, por unos instantes, vivir la vida a través de un sueño, cuando la vida ha sido ya destruida por un apocalipsis que declara al hombre infinitamente culpable. Y una lástima que lo primero que se diga siempre de esta obra de arte, es que inspiró el largometraje “Doce Monos”(Twelve Monkeys, 1995).-
Esta me la apunto, A veces el cine experimental da verdaderas joya otras aburre a las ovejas. Esperemos que sea de la primera opcion. Cuidate
Esta es sin duda de las primeras. Para gustos colores, pero creo que merece la pena. Además tienes la ventaja de que dura sólo media hora, se ve fácil. Saludos!!