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OBRA CUMBRE DEL “FREE CINEMA”.-

  • DIRECTOR: Tony Richardson.-
  • GUIÓN: Allan Sillitow (Cuento de Allan Sillitow).-
  • FOTOGRAFÍA: Walter Lassally (B/N).-
  • REPARTO: Tom Courtenay, Michael Redgrave, James Bolam, Avis Bunnage, Alec McCowen, James Fox, Joe Robinson, Julia Foser, Frank Finklay, John Thaw.-
  • MÚSICA: John Addison.-
  • GÉNERO: Drama.-
  • AÑO: 1962.-
  • PRODUCTORA: Woodfall, Bryanston, British Lion .-
  • DURACIÓN: 99 min.-
  • TÍTULO ORIGINAL: The Loneliness of the Long Distance Runner.-
  • PAÍS: Reino Unido.-

Mientras Melville, Truffaut, Godard, Rivette, Rohmer y Chabrol entre otros daban forma a la “Nouvelle Vague” francesa, en Inglaterra surgía un movimiento paralelo influído por ellos como respuesta de rebeldía ante la artificialidad narrativa de Hollywood y de la dramaturgia británica. Se caracterizaba por implementar una estética realista en el cine de ficción y documental ocupándose de lo cotidiano y del compromiso social ante los problemas de su tiempo. Nació en los años 50 del pasado siglo, su nombre era “Free Cinema” y su película más representativa pudo ser “La soledad del corredor de fondo” de Tony Richardson.

El joven Colin Smith es enviado a un reformatorio tras ser sorprendido robando en una panadería. Su habilidad como corredor de fondo le sitúa, dentro de la institución en un lugar privilegiado, gracias al cual realiza una reflexión que le lleva a considerarse como un joven afortunado.

Dentro del marco y la crítica social al que se adscribe, vista hoy resulta una película agradable, entretenida y comprometida con su causa. Se acerca más al estilo de Truffaut o Godard, que a la sordidez del neorrealismo italiano. A pesar de su intención protestataria y rebelde, no deja de lado la idea del cine como arte o entretenimiento. Recuerda en algunos momentos al estilo de “Ascensor hacia el cadalso” (Ascenseur pour l’Echafaud, 1957) y “Banda aparte” (Bande á part, 1964).

Sus personajes se sienten vivos, realmente tienen algo que contar, su historia es importante y así nos lo hacen sentir. De esto se encarga Tony Richardson, con una dirección artesanal y una cámara vivaz y siempre en movimiento, que le aporta un ritmo dinámico y que gusta de jugar con la profundidad de campo y los sentimientos de los protagonistas.

La actuación de Tom Courtenay en el papel protagonista es memorable, por su habilidad para enfatizar estados de ánimo y las particularidades propias del personaje. Se siente identificado con su personaje de una forma muy especial.

La fotografía en blanco y negro fundida con la climatología típica inglesa, hace de la pantalla un paisaje cinematográfico tremendamente evocador, con aroma a cine clásico, en contraposición a su naturaleza vanguardista.

El trabajo de montaje que gusta de juegos temporales a modo de flashbacks es magnífico, por el ritmo y la cadencia y por su interés narrativo y explicativo del personaje.

Los planos generales cámara en mano son ejemplos claros de esa pretendida ruptura con el orden cinematográfico preestablecido y el entendimiento del cine como un arte tan complejo como libre. La belleza de algunos de esos planos generales en contraposición a la sociedad decadente y tradicionalista que retrata le proporciona una belleza original y diferente. Esa idea de libertad se refleja en cada plano y en cada secuencia formalmente y en cada gesto y frase de un protagonista magníficamente interpretado. Otra cuestión muy distinta sería la de compartir las opiniones y sensibilidades vertidas en una narración puramente liberal. Los valores que rezuma la historia quedan explicados y justificados únicamente bajo la perspectiva de su situación geográfica y temporal, pero que podrían unirse de forma absolutamente lógica con su hermana de sangre, la nouvelle vague.

El uso de recursos como la cámara rápida con música discordante y cómica, le hace perder una seriedad, que creo habría potenciado todas las ideas que plantea. Sin embargo se deja llevar por la pura rebeldía cinematográfica. Esta diferencia patente con la crudeza de la nouvelle vague, hace de la corriente francesa un exponente precisamente de rebeldía bastante más poderoso artística y socialmente.

Navega con agilidad y ritmo entre el drama carcelario, la comedia, el policiaco y el cine social en una fusión de géneros que hace de ella un estilo de cine ácrata que amo profundamente.

En ciertos puntos analiza cualquier revolución social, como un pretexto para que sus líderes de cualquier tipo adquieran los mayores privilegios posibles, cosa que comparto salvo en contadas excepciones. Habla de la hipocresía del poder establecido, así como de los que se rebelan contra ella, con el pretexto de crear un nuevo “orden preestablecido”, idea que me atrae profundamente.

El final de la película cumple con todas nuestras expectativas y hace que este complicado viaje merezca la pena. Es sencillamente espectacular.

El jazz de John Addison le ofrece unas texturas muy agradables, a esos paisajes de campo bajo cielos grises. Mezclando temas más sobrios de clarinete y trompeta, con piezas para orquesta, se presenta por momentos, intensa y dinámica y por momentos llena de excentricidad y comicidad, pero siempre reafirma la idea de las escenas, como plantean los cánones estéticos.

Su carácter transgresor estará siempre vigente y le proporcionará su merecido lugar en la historia, pero sus ideas políticas le privarán de ser en esencia lo que la corriente a la que pertenece predicaba en su sentido más literal, “Free Cinema”. Aún así es por derecho propio un clásico del cine europeo que merece la revisión de cualquiera que guste del séptimo arte.

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